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Miércoles, 29 de Septiembre de 2010 12:03

Un puente para romper la complicidad

por  Marta Dillon
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Rita Bagliatti Rita Bagliatti

REUNIONES ENTRE FAMILIARES DE VICTIMAS Y FAMILIARES DE REPRESORES QUE REPUDIAN LA REPRESION

Un grupo de familiares de víctimas de la dictadura se reúne con familiares de los represores. No piensan en “reconciliación” sino en ayudarlos a denunciar la historia de sus parientes y en obtener información para las causas por violaciones a los derechos humanos.

El caso de Rita Vagliatti, que decidió repudiar el apellido de su padre, un represor que actuó con Etchecolatz, y adoptar el de su madre, sirvió como detonante para la formación del grupo.

Un puente, dice el diccionario, es una construcción que se alza sobre un río para poder atravesarlo. El Puente, así con mayúsculas, es un grupo que intenta levantarse sobre el abismo insondable de la última dictadura militar reuniendo lo que parecía destinado a permanecer separado. En una orilla, familiares de desaparecidos, víctimas de la represión; en la otra, familiares –hijos e hijas, ex esposas en su mayoría– de represores de cualquier jerarquía, hombres que con sus propias manos desgarraron el tejido social hasta convertirlo en una herida tan honda como una fosa. Sobre ese agujero negro, entonces, El Puente: un círculo de diálogo, de investigación, de reflexión que se tiende como una oportunidad para perforar esas cápsulas de silencio en donde los culpables siguen siendo vecinos, padres, hermanos; hombres comunes que circulan con la máscara que les prestó la impunidad y que la Justicia, tarde, todavía no llegó a desgarrar. ¿Y para qué esta reunión imposible? ¿Acaso se busca borrar de las consignas históricas la negativa a la reconciliación? No, a los integrantes de este grupo esa palabra les resulta tan ajena como a la mayoría de los organismos de derechos humanos. Una de las condiciones necesarias para cualquier reunión es que las partes repudien por igual el terrorismo de Estado, sus métodos, sus efectos y la impunidad que todavía protege a la mayoría de sus actores. La otra es que tengan voluntad de decirlo y de quebrar, con la palabra y los actos, el linaje de silencio que inscribió a esta sociedad –a la gran mayoría, aunque todavía cueste reconocerlo– en la casta de los cómplices.

Privado y público

El detonante de El Puente –aunque esa palabra parece antagónica con la construcción– fue una mujer que en 2005 decidió quitarse el apellido de su padre, un represor que actuó bajo las órdenes de Miguel Etchecolatz conocido como “Saracho”, para ponerse el de su madre como una forma de volver a inscribirse en la sociedad desde el lugar que ella sentía como propio. Ismael –éste no es su nombre, como no lo será ninguno de los mencionados en esta nota, ya que el miedo es un lugar común sobre todo desde la desaparición de Julio López, aunque sí ofrecen un mail para comunicarse: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla – escuchó a esta mujer decir en privado “soy hija de un represor y no aguanto más” y supo que en esa explosión latía la carga de lo no dicho. Después, ya en el grupo que hasta ahora se ha difundido de boca en boca, escucharon a otra mujer decir “vengo porque soy la ex esposa de un represor, él está libre..., ni siquiera figura en la Conadep... él libre y yo presa de mi silencio”. Esa misma mujer preparaba empanadas para las reuniones grupales que provocaron la reacción de la hija de un desaparecido: “Qué hago yo acá, comiendo lo que cocina la mujer de un tipo que pudo haber torturado y matado a mi viejo”. Es en esa tensión –esa crueldad– que no pretenden resolver donde se fragua este trabajo tan difícil de entender como de reproducir.

“Los familiares de represores tienen un visto y oído que si no se le da lugar puede perderse y no queremos que quede en lo privado”, dice Liliana, otra de las integrantes del grupo que supo militar en el movimiento feminista para retirarse cuando se dio cuenta de que en su vida privada reproducía muchas de las cosas que denunciaba en las marchas y los Encuentros de Mujeres. Quizás esa formación es la que le permite moverse con agilidad en ese límite difuso entre lo privado y lo público y vuelve con insistencia a esa falsa dicotomía. “Esa lógica de separar lo público y lo privado es lo que se perfora en el gruspo. Pensamos un territorio y hasta ahí llevamos la lógica genocida para desarticularla. No sólo a nivel macro, sino en cada una de nuestras actitudes. ¿O no se reproduce esa misma lógica cuando se repite ‘hay que matarlos a todos’, cuando vemos lo diferente como amenaza, cuando se trata de poner a las travestis en un ghetto, cuando se piensa en buenos y malos, víctimas y victimarios como si no hubiera límites difusos, como si la sociedad no hubiera estado colaborando con su silencio o con su indiferencia impostada?”, pregunta Liliana y se remite a la película de Albertina Carri, Los Rubios, en el pasaje en que los vecinos del matrimonio Carri –secuestrado y desaparecido en 1977– hablan de ellos como amenaza porque escuchaba el tipear de una máquina de escribir. De eso se trata también, “poner el cuerpo”, para los integrantes de El Puente, de revisar en cada uno y cada una el “microfascismo” con que nos acostumbramos a convivir.

Para Liliana, además, no es un dato menor que las mujeres, ya sean hijas o ex esposas de represores, sean las más activas: “Hay que tener en cuenta que el genocidio también fue posible porque se fundó en una alianza heterosexual en la que la violencia está naturalizada, hacia las mujeres y hacia quienes escapan de la norma”. Ismael y Julio –ex preso político– también coinciden en que ellas son “más activas, más audaces cuando pueden empezar a hablar. Porque estuvieron cercadas con sus hijos dentro de sus hogares que se convertían en virtuales campos de concentración privados. Sufrían violencia y todo tipo de acoso moral”.

Lo privado se vuelve público, también, cuando los familiares de represores –que no acudieron a la entrevista porque así se decidió en el grupo– relatan su cotidianidad: “Una compañera cuenta que, por ejemplo, su padre le decía, mientras regaba el jardín y refiriéndose a la manguera ‘apretala que vomita’; otra recuerda que su padre, veterinario militar que actuó en la escuelita de Famaillá, cuando volvía de allí traía como una ‘resaca’ y que trataba a la familia como ‘caballos o perros’”. Así, la muerte llega a la casa de diversos modos y sus habitantes lo entienden aunque no pueden nombrarlo de inmediato. Esa convivencia con la muerte puede quedar encapsulada, o estallar, o hacerla estallar, que es el objetivo de El Puente.

Condiciones objetivas

Hace más de un año que este grupo está funcionando, buscando una aproximación a la verdad que genera reacciones difíciles de tramitar. Julio sintetiza: “A los organismos de derechos humanos les da escozor; a los psicólogos les interesa pero no quieren tratar estos casos desde lo social; a la mayoría les genera sorpresa pero pocos se involucran”. Ellos se propusieron trabajar con el “otro lado”, sabiendo que el grupo de familiares de víctimas del terrorismo de Estado –son apenas ocho– permanecen y los familiares de represores pasan y se van cuando logran nombrar y ser escuchados, pero de eso se trata, de que hablen, pero además que lleguen a hablar en los estrados. El Puente colabora en investigaciones para la búsqueda de quienes fueron niños y niñas apropiados –han aportado datos que por razones obvias no pueden aportar en una entrevista– y también alientan denuncias contra quienes ni siquiera aparecen en el informe Conadep. Pero además van construyendo un modus operandi no ya del terrorismo de Estado sino de las condiciones necesarias para formar represores. “Escuchando los testimonios de los familiares se puede llegar a entender cómo se construye un represor, cómo las escuelas militares o de cualquier fuerza armada se constituyen también en campos de concentración. Hay toda una historia de abuso y violencia que es inherente a la formación de estos cuadros y que después ellos reprodujeron y reproducen en sus hogares”, sintetiza Ismael, quien descubrió con sorpresa que alguna vez pensó que los represores “no tenían hijos o hijas, que eran estériles como mulas”. Algunos de estos hijos e hijas han hecho caminos inversos a los de sus padres, llegando a militar en partidos de izquierda, “¿pero qué hacen con eso que no pueden decir, que son hijos de represores?”, se pregunta Julio. El límite es siempre, para la integración en el grupo, que sean “familiares no cómplices”, es decir, que sean capaces de romper la lógica del silencio y de la propia indiferencia, romper la lógica genocida sin invisibilizar sus efectos en estas personas. Y por eso el caso de Rita Vagliatti es fundante, porque al haberse inscripto con el apellido de su madre hizo pública la ruptura con su padre represor y eligió quién quería ser dentro de esta sociedad sin silenciar la historia de su padre, denunciándolo. “Reconocer el silencio colectivo es fundamental para entender cómo fue posible el genocidio y para eso es indispensable saber que cada uno y cada una tejió su parte en ese manto.”

Si en El Puente hablan de un modo de justicia alternativa es porque lo cierto es que muchos de los que actuaron en la dictadura están muriendo sin castigo y esa complicidad del Estado –que amparó la impunidad durante años– despoja a los familiares de estos represores de un marco en el cual poder separarse de lo actuado por los protagonistas, dejándolos dentro de una supuesta complicidad. “Estos familiares son parte de la sociedad, tienen información que nos importa, no pueden quedar encapsulados”, concluye Ismael, quien, como el resto del grupo, cree que sólo nombrando, haciendo visible cómo se tejió esta sociedad después de la tragedia, con sus grises y sus contrastes, con ese “microfascismo” interno que asalta los mejores juicios, sólo así será posible construir otros mundos y valorar otros medios más allá de los fines.

 

¿Para qué asomarse al hogar de los verdugos?

Hay una pregunta que de tan obvia cae como una fruta madura frente a los integrantes de este grupo: ¿Para qué? ¿Para qué escuchar o compartir la realidad puertas adentro de los hogares de los verdugos? ¿Es necesario? Ismael está acostumbrado al asombro, tal vez porque a él mismo lo sorprendió la posibilidad de conformarse como grupo: “Se trata de un pasaje, de un tránsito que no quiere ser institucional ni mucho menos formarse como organismo de derechos humanos. En todo caso habilitamos el tránsito para quien está o quedó del otro lado y que en ese pasaje pueda recordar y también entregar información, romper la lógica del genocidio, el mandato de silencio e inscribirse de otro modo en la sociedad”. Ismael tiene un tío desaparecido, es docente de la UBA y motor de este grupo por el que ya han pasado varios familiares de represores y permanecen los familiares de víctimas de la dictadura. “Lo que buscamos es un proceso de restitución: advertimos que quienes han convivido con un represor en su intimidad familiar son parias. Tienen una historia que no se puede nombrar ni escuchar”, aclara. Y esa historia, a la vez, está cargada de una información valiosa tanto para quienes buscan saber qué pasó con sus familiares desaparecidos como para las causas judiciales reabiertas en los últimos años, desde la anulación de las leyes de impunidad. Construyen así una geografía posible entre los límites de la heterogeneidad y los antagonismos históricos, políticos y también subjetivos.

La respuesta a la primera pregunta se puede escuchar y sin embargo no alcanza: ¿reunir en un mismo territorio no sólo lo diverso sino lo antagónico? ¿Para qué someterse a esa tensión? Y es que este grupo busca ir más allá de la tensión y trabajar con la crueldad, pero no desde el sentido común del gusto sádico por ver sufrir a otro sino como la entendía Antonin Artaud en las Cartas sobre la crueldad: “Desde el punto de vista del espíritu, crueldad significa rigor, aplicación y decisión implacable, determinación irreversible, absoluta”. Pero tal vez más sencilla sea la explicación de otro de los miembros de El Puente, un hombre que militó en el PRT y estuvo preso durante la dictadura: “Lo que queremos es que los represores vayan presos y que sean sus propios hijos quienes los denuncien”. Entonces sí, el horizonte parece más claro aunque se defina con contornos demasiados parecidos a la venganza, una venganza sofisticada pero individual como toda venganza, una retaliación equivalente a esa sistemática apropiación de niños y niñas durante la dictadura. Si los represores buscaron domesticar y cosificar el linaje de los rebeldes, ahora les tocaría a ellos ver cómo su estirpe se retoba y los denuncia. Pero en El Puente no se habla de venganza, aunque saben que explorar esta posibilidad, nombrarla, es también nombrar lo siniestro que habita en cada uno. Y así, al conocer esa chance, dicen, pueden negarse a ella. Al contrario, lo que pretenden es “prestar el cuerpo para inventar otros mundos, otros modos de hacer Justicia, Verdad y Memoria”.

FRAGMENTO DE UN LIBRO EN CONSTRUCCION DEL COLECTIVO EL PUENTE

Soy la hija de un torturador

Una mujer mira con asombro una proyección en la pantalla de cine. Lo que para el resto es una película, para Rita Pretti es la caída de los velos. Reconoce en la mirada de los torturadores de La noche de los lápices los mismos ojos de su padre. Para ella no hay ficción, sólo una continua realidad. Intuye, lo sabe positivamente, que la función no habrá terminado cuando esté fuera de la sala. Y así sucede. Totalmente conmovida, camina por las calles de una ciudad que la devora. En su cabeza resuena una y otra vez la carta con que se presenta: “Soy la hija de un torturador”, y busca tomar distancia de ese linaje que le pesa. No sólo en las miradas, también en los actos confesados por su padre como una manera de hacerla cómplice, reconoce un nuevo horizonte en donde nada quedará oculto. Y es justamente desde ese horizonte que vislumbra reafirmar su identidad, una manera de no “ser la heredera de todo este horror” con el que carga el apellido de su padre. Otra forma de nombrarse cobra relieve para Rita. Sabe que optar por el cambio de identidad no es ocultar su origen y así disolverse en el colectivo social ni que su caso es meramente jurídico, sino también político. En esa elección, en ese pasaje de Pretti a Vagliatti deja una marca con la que resistir a su padre y a su pesada herencia. Nuevas preguntas se generan en la sociedad, como una manera de intentar entender las pesadas consecuencias que se produjeron en los hijos de los represores.

Suele afirmarse que la tragedia clásica se funda en un conflicto familiar, en un giro inesperado con ese otro con el que formamos parte de una sangre en común. Edipo al descubrir quién es la madre de sus hijos, Antígona al cumplir el rito funerario sobre el cuerpo de su hermano. Sin embargo, los mitos no parecen explicar acabadamente lo que sucede en este caso. En la última reunión de diciembre de 2005 se afirma:

Ismael: A mí me parece que hay algo así como “la inversión de Antígona”, es decir que Rita, me parece, desentierra a Saracho (alias que usaba el comisario Milton Pretti en la represión ilegal). Hay otra inversión y es que se trata de su padre y no de su hermano.

Susana: Y entonces, ¿Edipo y Antígona?

Ismael: ...digo que en el caso de Rita, ¿qué pasa con el mito fundante de nuestra cultura?, ¿no hay que rescribirlo? ¿Se trata de usar, de invertir, de reformar los viejos mitos para entender de lo que hablamos o no hay mito con que explicar este hecho? Porque lo que hacemos no encaja, por algo la repercusión en Europa y América; no había pasado nunca que un hijo/a de algún genocida se hubiera desterrado de la identidad paterna. Hay una grieta, en medio de la sagrada familia, significación central si las hay, ¿no?

Estallidos en una frontera

Si bien El Puente se constituyó como grupo –ni terapéutico ni de derechos humanos pero sí político– a partir de 2005, cuando Rita Vagliati eligió el apellido que ahora lleva para sacudirse de su linaje al comisario fallecido conocido como Saracho, los cuatro integrantes de esta experiencia que acudieron a la entrevista con Página/12 no pueden dejar de advertir la frontera que significó la crisis de fines de 2001. Entre estos familiares o víctimas directas de la represión de la última dictadura hay psicólogos, docentes universitarios, estudiantes de la misma materia y hasta un plomero; pero cada uno desde su lugar insiste en que después de aquel estallido hubo palabras que empezaron a decirse y a escucharse como si el acuerdo social para salir a la calle hubiera servido para hacer estallar también ciertas apariencias. “Después de esa metáfora puesta en acto del ‘que se vayan todos’ es como que hubo una sensación colectiva de que ya no había nada que perder. Algo parecido a lo que sucede en la película La celebración (Thomas Vinterberg, 1998) en la que uno empieza a decir en voz alta su secreto y pasada la conmoción inicial lo sigue el resto de la familia. Creo que muchos hijos e hijas y ex esposas de represores empezaron a encontrar lugar para hablar después de ese momento. Y si no lo encontraban tampoco importaba mucho, ya se había perdido todo ¿qué más se podía perder?”, dice Liliana.

Por El Puente ya pasaron más de una decena de familiares de represores que encontraron escucha y sobre todo compañía para hacer denuncias y colaborar en investigaciones con Abuelas de Plaza de Mayo. Pero parte de la identidad del grupo es el tránsito y el boca en boca ayuda a renovar a sus integrantes. Con las primeras experiencias recopiladas están elaborando un libro colectivo (Gritos y susurros, ver aparte un fragmento), también una obra de teatro para repensar los mitos clásicos y se han presentado como colectivo en al menos dos congresos: el Congreso de Salud Mental que organizó la Universidad Madres de Plaza de Mayo –con el trabajo La desgarradura de un horizonte clausurado, sobre la experiencia de Rita Vagliati– y el V Encuentro sobre Genocidio con el trabajo Encuentros, desencuentros y rupturas entre familiares de desaparecidos y familiares de represores. ¿Territorios impensables? Notas sobre una práctica posible.

Ultima modificacion el Lunes, 22 de Noviembre de 2010 18:47
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