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Martes, 29 de Mayo de 2012 14:13

En terapia, serie de la televisión pública:Resonancias desde el esquizoanálisis

por  Sofía y Emilio
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En estos capítulos nos quedamos muy agradados con las actuaciones de Diego Peretti y todo el resto del elenco. Han hecho un trabajo de calidad ya que pudimos reconocer con claridad los afectos e intensidades que se despliegan en un consultorio psicológico. Al mismo tiempo, logra mostrar el funcionamiento del dispositivo psicoanalítico en todas sus variaciones y sobre todo las subjetivaciones y mortificaciones que produce en el paciente y en el propio terapeuta. Este dispositivo que privilegia la neutralidad y la abstinencia sobre lo “humano” nos hace interrogar lo disciplinario: ¿Es que el psicoanálisis o cualquier dispositivo clínico, médico, institucional producen subjetividad? Es decir, cada dispositivo ¿produce su propio “paciente”? En otro orden. ¿El psicoanálisis cura? El psicoanálisis enferma? ¿A quién? ¿El personaje de Peretti (Guillermo) se está enfermando? ¿De qué? Sufre ¿de qué? ¿Hay algo de lo que disfrute en su trabajo y su vida?

 

El primer caso de Marina es una de las tantas situaciones clínicas que pueden aparecer en el consultorio de cualquier profesional, no sólo de un/a psicólogo/a. Sin embargo es solamente posible en un consultorio de un/a psicoanalista que durante un año, el terapeuta no registre un enamoramiento (amor de transferencia) sin hacer mención alguna y deje aumentar en intensidad este afecto. ¿No será en todo caso que el llamado amor de transferencia bloquea en lugar de funcionar como un motor? Creemos que no sólo el terapeuta no registro el “enamoramiento”, sino que lo hizo encajar bajo la modalidad de “amor de transferencia” y de ese modo le quita entidad y sustancia a este afecto para reducirlo a la noción de “motor de la cura”. Se produce de este modo una degradación ontológica de un sentimiento noble, alegre, genuino y bello como es el amor y el enamoramiento. Que un paciente se enamore de su terapeuta es posible y suele suceder. La cuestión consiste en resolver desde lo humano un sentimiento genuino y no esconderse detrás de un rol; es decir que hubiera sido noble por parte del terapeuta que se alegre con la paciente y festeje la revelación de ese sentimiento pero dejando claro inmediatamente y sin demora alguna que ese varón ya ha elegido a otra persona o que no puede corresponder a ese amor, que no la elige como mujer.

Para nosotros, desde el esquizoanálisis Guillermo se está enfermando desde, por y en el espacio que genera el dispositivo analítico. La abundancia de silencios, la histerización del vínculo entre dos personajes que se encuentran en sesión para trabajar, desfonda de sentido los encuentros y los llena de la mentada transferencia. Se trata de un comodín conceptual y real (en sesión) que supuestamente motoriza “la cura” pero que encubre los efectos del vaciamiento afectivo que se imponen en las llamadas disciplinas científicas. Transferencia es un modo de segunda y tercera mano para sustituir a los afectos “verdaderos” “actuales” y “reales”. Estos son reemplazados por afectos de segunda que sólo aparecen para “reactualizar” algo ya viejo. En fin, toda una decrepitud conceptual de los genuinos modos de sentir de lo humano convertido en epifenómeno, en fenómeno y apariencia. Para Guillermo todo se trata de un simulacro, de las sombras en la pared de viejos amores[1]; Marina no ama, Marina le transfiere. Guillermo carga con esa muerte, con la muerte del afecto al servicio de la cura y el muere también, aunque lo niegue. Él también queda encerrado en el dispositivo y se niega a elegir cualquier posibilidad que esté por fuera del encuadre que allí existe; incluso una derivación (recomendada por su supervisora).

Es interesante de ver como el psicoanálisis se sustenta en la lógica binaria que instala Platón a cerca del conocimiento verdadero y de la opinión. Los sentimientos que surgen en el dispositivo terapéutico solo son la sombra de otros genuinos y verdaderos que aparecen fuera de sesión (fuera de la caverna). Es decir que los sentimientos en sesión son falsos, son una sombra, una copia y simulacro de los verdaderos. Nada tiene valor en función de lo realmente existente aquí y ahora; los sentimientos que valen son los que están más allá (metafísica) de la experiencia actual.

Platón necesito inventar un artificio, el de la caverna. En ella se encadenaba desde niños y algunos esclavos para demostrar y justificar su ontología binaria; de igual modo el psicoanálisis necesita encadenar al dispositivo y esclavizar en el a los pacientes para mostrarles que los sentimientos actuales en sesión son falsos, un acting. Al mismo tiempo el analista no percibe que queda él mismo (al igual que el filósofo) encerrados en esta lógica que también los mortifica y los reduce a un modo de vida donde solo hay dos vías, lo verdadero y lo falso. Dos vías opuestas y mutuamente excluyentes. Desde el esquizoanálisis pugnamos por tratamientos sin esclavos y sin cavernas, donde los riesgos de lo viviente están a la mano y para ser pensados y experimentados en toda su intensidad y plenitud. El esquizoanálisis trabaja fuera de la caverna, fuera de los encierros y esto implica transitar algunos riesgos.

 


[1] Ver: “El mito de la caverna” en República. Platón

Ultima modificacion el Martes, 29 de Mayo de 2012 14:39
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