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Viernes, 31 de Diciembre de 2010 19:33

Resonancias de un varón sobre otros modos de parir

por  Santiago Emilio Montilla Galeano
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Por Santiago Emilio Montilla Galeano
En esta propuesta se parte de la base conceptual que mira los procesos de embarazo, parto y puerperio como  procesos psico-fisiológicos, sexuales-naturales, como momentos vitales que implican crisis, cambios y mutación subjetiva.
Desde el punto de vista de las relaciones de género, sostenemos que los varones y las mujeres estamos conformados social y subjetivamente por significaciones sociales que desvalorizan y subordinan a la mujer respecto del varón. Estas construcciones imaginarias y socio-históricas establecen roles diferenciados para varones y mujeres; de modo tal que lo público y su mundo es asignado al varón que asume como propios los modos racionales de existencia.  Para la mujer, el imaginario dominante le asigna el mundo de lo privado y su lógica afectiva y emocional al mismo tiempo que es subordinada al dominio masculino. Lo público es remunerado y por ello también valorado por la sociedad en su conjunto. Lo privado es carente de remuneración y valoración (invisibilización) o en todo caso es desvalorizado.
Para quienes se lo permiten, el momento del embarazo -y generalizando lo que es en realidad un desigual y combinado proceso- estas lógicas de dos modos de mundo y existencia separados por género, tienden a unirse en la concreción de lxs hijxs. No sólo para concepción, sino que el propio proceso de gestación permite encuentros de pareja en los que la lógica es casi enteramente afectiva, emocional e íntima, es decir, femenina. El embarazo es sexual en todo su proceso, y sobre su final –el parto- lo es en grado sumo, al mismo tiempo que la intimidad.
La experiencia clínica –psicológica y médica- dicta que hay dos momentos en los que esta situación de embarazo descripta, puede virar hacia otras lógicas que contradicen, opacan y desmienten el proceso emocional-efectivo.
Un primer momento es aquel en el que el varón, en vez de afirmar sus vínculos afectivos y emocionales con su mujer y su bebé por venir,  afirma sus lazos con la “comunidad de los hombres” en clave de un machismo ligado a la “potencia” y el dominio territorial. Potencia que debe entenderse como poder, dominio y soberanía sobre la mujer; cuerpo sentido como territorio propio, enclave de un régimen familiar patriarcal y/o machista. Se trata de una lógica de subjetivación mayoritaria que tracciona los cuerpos en el sentido de la desligadura afectiva de la pareja y la ligazón, fidelidad y lealtad a lo racional, por ello al cálculo, a la especulación, a los desvíos, a las trampas, entre otras coartadas.
Hay un segundo momento en el que el varón pierde el rastro de su mujer y su criatura: es aquel en el que deja en manos del sistema médico y de sus propios miedos un proceso afectivo y emocional que el embarazo ha permitido construir entre por lo menos tres: madre, padre y bebé.
Al igual que otros sistemas imaginarios, sean estos disciplinarios, grupales o colectivos, el sistema médico afirma  dominios microfísicos sobre la sociedad. Mediante estos,  dociliza los cuerpos, los amolda a su funcionamiento, establece potestades y soberanías. Se afirma arquitectónica y territorialmente en los hospitales, clínicas y las organizaciones e instituciones que hacen parte de la medicina como disciplina. Se afirma en las enfermedades y las patologías, ya que concibe la vida como un proceso de morbilización hacia la muerte; por ello universaliza los procesos naturales de cambio,  como patológicos. De este modo opera reduciendo la vida, sus mutaciones y cambios a objetos (enfermedades) discernibles, territorios legitimados de intervención médica.
El proceso normal de embarazo, parto y puerperio, se ha convertido en uno de los últimos territorios conquistados por la disciplina médica[1]: el aumento del número de cesáreas innecesarias, las llamadas rutinas médicas como los fórceps, la episiotomía, las anestesias, entre  otros, hablan de una multiplicidad de intervenciones que desposeen a la mujer, su pareja y a las criaturas de momentos de afirmación del lazo afectivo-emocional. Es el varón quien realiza esta “entrega final” a las manos médicas; cuestiones como: su escasa información, su propio miedo a los procesos naturales corporales, el miedo y desconocimiento de su pareja, la urgencia aparente del parto, los miedos de su mujer (naturales, esperables), las ansiedades lógicas de ambos, hacen que el varón opere como aquel que acostumbrado a decidir, a razonar, finalmente lo haga en la clave del miedo a  la incertidumbre irracional: entregará a la parturienta a la racionalidad y certidumbre disciplinarias que aparece ofreciendo el sistema médico.
¿Será posible operar sobre los miedos de las parejas a la hora de parir? El sistema médico legitima su intervención en esos miedos y en los propios ¿cómo acompañar –sin intervenir- un proceso normal de embarazo, parto y puerperio? ¿Quién o quienes deciden acerca de esta “normalidad”? ¿Son los médicos y su sistema quienes pueden restar al varón de su dominancia racional? ¿Es posible contar con que l@s obstetras resolverán la abstinencia afectiva de los varones frente al embarazo de sus parejas? ¿Cuál es el rol de las parteras-obstétricas? ¿Pueden ellas –no médicas- acompañar a la pareja gestante? ¿Será en hospitales o en lugares dispuestos para la normalidad del parto y puerperio? Las casas de parto, su personal, su modo de uso, su arquitectura ¿facilitarían y aumentarían los vínculos afectivos de la pareja y de la pareja con las criaturas? ¿Qué sucederá aquí ante la existencia de posibles riesgos?


[1]Patologizar el embarazo y medicalizar el parto, trae aparejadas la intervención de prácticas innecesarias.

Santiago Emilio Montilla Galeano

Santiago Emilio Montilla Galeano

Lic. en Psicología

Universidad de Buenos Aires. Docente UBA

153-089-2436

emilio@pasajeesquizo.com.ar

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