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Martes, 15 de Marzo de 2011 12:53

Las esquinas del mundo. Tete Montoliu

por  Christian Grecco mail:christlatino@hotmail.com
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Hay dos esquinas del mundo que se parecen, que tienen la misma sal acumulada en sus calles, en las grietas de sus baldosas, en los recovecos de sus uñas, en sus fichas de dominó.

Una esquina está en La Habana. La otra donde terminan los ojos de Tete Montoliu.

Las dos esquinas tienen mares que las cuidan, que están cercanos, que las encierran. Las dos protegen un piano, y con ese piano, a un hombre, y con ese hombre,  a todos los mares que enojan a los dioses, que irritan con sus lluvias de vapor a los cigarros inconclusos, a los vasos de ron, a las teclas de los pianos.

Algunas veces ese hombre es sencillo. Por eso toca boleros.Tete Montoliu

Algunas veces ese hombre es aturdidor. Por eso toca boleros.

Algunas veces a ese hombre le gusta que su swing se meta allí donde los corazones lloran.

Por eso toca boleros.

Tiene poco pelo y sabe desde chico que la vista es algo que no se pierde, sino que se gana con el tiempo. Ese aprendizaje áspero, de rodillas raspadas, cargado de bromas crueles y de partidos de fútbol al lado de la radio, lo preparó para vagar por el mundo con su piano y unos anteojos negros. Las cosas siempre por su nombre dice. Soy ciego, le dice a todos. También les dice, Soy negro. Aunque los espejos, que no saben ver, que no pueden recordar, espejen lo contrario.

También dice, y los espejos se obstinan como nunca con él, Amo los boleros.

En la esquina de La Habana,  en cambio, hay gente que lo ve, que lo sabe. Sólo un necio negaría a esa mano huesuda, inquieta, obsesiva, que se apoya sobre las teclas. Sólo otro ciego más ciego que él no repararía en ese cuerpo amplio, difícil de sostener, que se encorva sobre el piano. Que se sujeta a él. Que lo defiende. Que lo aprieta.

Y en esa misma esquina de La Habana, alguien dice por ahí, por donde lo permiten los ruidos, con los dientes bastante amarillos, rústicos, Hay aire, coño, parece que se va a joder el cielo hoy.

No existe un momento del día en que pueda apartarme de ti, murmuran las manos de Tete.

Los hombres, los mismos que lloran de amor frente a las radios, que se asfixian cada noche con las telenovelas brasileras, que ocultan las lágrimas de la pasión en la oscuridad de los cines,  esperan su turno en las gradas. Fuman, mascan jirones de tabaco, escupen, se llenan la boca de fritangas, de aire cargado de sudor, de humo rancio. Y en la esquina de la esquina otro hombre, más lejano quizá, con perfume agrio en sus sobacos, con las manos callosas, con un gesto fraternal le dice, Ya es la hora.

Reloj detén tu camino, porque mi vida se acaba. Ella es la estrella que alumbra mi ser. Yo sin su amor no soy nada.

El hombre se levanta, el cuerpo le pesa, la transpiración lo tiene prisionero. Los puños lo delatan. Piensa, Me pesan los brazos. Piensa, Es ahora o nunca. Piensa, se pregunta, De dónde vienen los tambores, ese susurro, esa música, ese recuerdo. En dónde estará ella ahora, se pregunta.

Contigo aprendí, que tu presencia no la cambio por ninguna.

Su rival lo mira fijo, con miedo, pero fijo. El piano se mueve, las manos negras, las que no ven los espejos, con sus dedos largos, corroídos por los huesos, acarician el mar, se meten entre sus aguas, lo remueven. Y el rival, tan boxeador como él, tan maltrecho como él, tan harto de este día como él, le busca la cara, le mide el cuerpo, intenta un golpe y encuentra que el mar se interpone, que el cuerpo se ha corrido, que el piano ha comenzado a llorar. Poco le importa al rival que ella ya no esté a su lado, que haya elegido otros caminos, que no lo quiera más. El rival golpea, salta, esquiva y vuelve a la carga.

Y al mar, espejo de mi corazón, las veces que me ha visto llorar, la perfidia de tu amor.

El público, amuchado en los tablones de madera, inquieto por lo que ve, cierra los ojos, los entretiene, los silencia. Escucha la lluvia que golpea las chapas del techo, los  vientos que sacuden la ciudad, que empiezan a barrer de a poco, sin apuro, sin ternura, las lomadas de La Habana. Y en ese tiempo tan fuera del tiempo los hombres se olvidan de todo. Con la piel erizada se solidarizan con el boxeador. Porque al fin y al cabo, de todos esos hombres que hasta un tiempo atrás observaban el combate con los ojos salidos, con los labios deformes de tanto gritar, con los puños amoratados de tanto apretar, ninguno puede decir que no conoce esa tristeza en los ojos del boxeador. Cuál de todos esos hombres puede levantarse de su asiento y decir, A mí nunca se me ha caído una lágrima por amor.

Luna que se quiebra, sobre la tiniebla de mi soledad, a dónde vas.

El piano de Montoliu arremete, grita, casi trepado a las cuerdas, Ahí coño, cubre ahí coño. Y el hombre, su boxeador, contiene el golpe, hace un gesto de asfixia,  de cansancio malsano, de sexo sin deseo. Las manos se le entumecen. El mar se enfurece detrás suyo. El público ha vuelto a gritar.

Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando.

Pero los golpes se detienen. El boxeador logra su objetivo. Atrapa tres segundos milagrosos. Logra juntar aire para sobrevivir unos minutos más. Escucha la campana.

Y así pasan los días, y yo desesperado, y tú, tú contestando.

Pero en la esquina de La Habana ya no hay nada que hacer. El viento de lluvia corre a los amantes del malecón, detiene a los carros en las calles, quiebra en varios mundos la ciudad. Y en el ring, el boxeador, con las piernas flojas, con la mente en otro lado, también  siente que no hay más chance, que no hay otro round. El  público vuelve a gritar, a enturbiar el ambiente. Ella se fue. Y el piano, ya con una complicidad absoluta, a través de las manos saltarinas de Tete, le dice, Oye por qué has dejado de cantarme ese bolero.

Solamente una vez amé en la vida, solamente una vez y nada más.

 

Tete Montoliu (1933-1997): grandioso pianista barcelonés. Jazzero hasta la médula. Tocó con los más grandes del género, siempre a la par de ellos: Lionel Hampton, Dexter Gordon, John Coltrane, Ben Webster, Chet Baker, Stephane Grappelli, Stan Getz, y muchos más. Grabó más de un centenar de discos, solo o acompañado. Entre ellos tiene unos estupendos con boleros, donde el jazz juguetea con los sentires del corazón.

Todas las frases en cursiva pertenecen a versos de boleros memorables. En orden de aparición, ellos son: “Contigo en la distancia” de César Portillo de la Luz, “El reloj” de Roberto Cantoral, “Contigo aprendí” de Armando Manzanero, “Perfidia” de Alberto Dominguez, “Noche de ronda” de Agustín Lara, “Quizás, quizás, quizás” de Osvaldo Farrés y “Solamente una vez” de Agustín Lara.

Ultima modificacion el Martes, 15 de Marzo de 2011 12:57
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