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Martes, 31 de Mayo de 2011 17:44

Hernán Oliva: ¿Dónde estará mi nena esta noche?

por  Christian Grecco mail:christlatino@hotmail.com
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Dedicado a M. y M., que me confiaron algunos recuerdos.

eltangoysusinvitados.blogspot.comYa se iba. El saco le molestaba, lo sentía tirante en la espalda, como chico, casi a punto de deshilacharse, de abrirse en dos. Pasó por la caja del boliche, y le arrimaron unos pocos pesos, apenas unos mangos. Qué mierda hago con esto, pensó metiéndose los billetes en el bolsillo. No vino mucha gente hoy, don Hernán, se disculpó el cajero y le sirvió un vaso alto, cargado de vino. No llegamos ni a las veinte personas, continuó diciendo el cajero hasta que la tos vieja, seca, lo hizo callar. Los dos sabían la verdad, no hacía falta confirmarla todas las noches repitiendo la misma cantinela. El vino seguía rígido, sagrado, sobre el mostrador. Hernán Oliva lo apuró de un trago y comenzó a caminar. Alguien del público lo cruzó antes que llegara a la puerta, y le dijo sincero, cordial, Impresionante Maestro, y él respondió con un bufido áspero, queriendo huir de la noche, pensando en la cama, en el sueño, en la cara de su mujer viéndolo entrar, en sus llantos sin lágrimas por la poca plata que traía.  Caminó con la mirada en el piso, y antes de salir pensó, Voy a mear. El admirador lo vio cambiar de recorrido, y siguió el movimiento pendular de su mano cansada, custodiando el violín, comprimiendo la tirantez del cuerpo. Cuando salió del baño  una chica,  joven, No tiene más de dieciocho, pensó él apenas le habló, le dijo emocionada, señalando con los ojos el sarcófago que colgaba de su mano, Debe estar temblando todavía, por qué no lo deja tomar un poco de aire antes de encerrarlo ahí dentro. Y él, que nunca había sido un tipo paciente, que ya estaba dispuesto a irse, a decirle alguna macana, a pedirle una luca para llevar a la casa,  la miró con sequedad un rato, la aisló del mar de transpiración que arrasaba su cuerpo, y en sus ojos, apenas almendrados, algo suaves, encontró los rostros del espejo, la mirada desobediente de la arpista de la que se había enamorado en los últimos tramos de su vida.

 

 

Hernán Oliva siempre supo que su violín jazzeaba lindo y que era uno de los mejores de todas las épocas. Eso se lo dijeron y repitieron lejanos y cercanos. Y aún así, sabiéndolo,  hizo todo lo posible para ser un olvidado. Nunca tuvo aspecto de nada. A lo sumo de viejo de mierda, de esos jodidos, apuradores, de mal paso. Caminaba mirando hacia abajo, y cuando alguien se le cruzaba, retorcía los ojos como buscándole el reloj, como midiéndole el traje, la billetera. Anduvo por la vida saltando, con los cuellos de las camisas sucios y el estuche del violín entreverado en la mano. Mientras le dio el cuero se dedicó a resolver varias incidencias de la vida a trompada limpia.  Es por eso que volvía frecuentemente a su casa con el saco roto, con los nudillos agrietados, con la voz ronca. Tanto lo embriagó el calor del jazz que no pudo sentir en su piel el resto de los placeres carnales con la misma intensidad. Consiguió grabar algunos discos memorables, pero escasos   compradores. No se privó de tocar con los mejores músicos ni de frenar conciertos, abandonando el violín sobre una silla, dejando boquiabiertos a sus músicos, para acercarse a una mesa y ponerle los puntos al imbécil que hablaba en vez de escuchar su música. La vejez, siempre cruel para los que no la esperan, lo terminó distanciando de ese estilo de pugilato tan imponedor de respeto, así como de su costumbre irresuelta de exigir socorros monetarios a cuanto transeúnte lo miraba después de una noche de poco público.

Aunque alguna vez había nacido en Chile, se aporteñó por propia decisión. Y en aquella esquina filosa de San Telmo, el Viejo Almacén, en los años en que el tango se refugiaba defendiéndose, conoció a una mujer que lo metió en la rapidez de los espejos. Ella había sido una excelente arpista. Se había formado con los mejores maestros, hasta que un día, asediada por deudas innombrables, empeñó su instrumento, y se vio envuelta en una vida de mudanzas crónicas, donde los viajes eran aturdidoramente largos y los descansos extenuantemente cortos. Hernán Oliva la encontró en uno de ellos, sentada. Trabajaba cuidando el baño del boliche, repartiendo su vida entre la limpieza y las propinas. Ambos eran bichos raros. Los unió la certeza de saber que este mundo no los entendía, que no los miraba bien. Los dos eran músicos, aunque a ella los miedos la habían atrapado de una forma tan violenta que la fueron alejando de las cuerdas primero, y de su familia después. Él,  en cambio, se emperró en tocar para vivir, no pensando en vivir, sino en tocar. Tuvieron un amor sencillo, no de novelas románticas, sino acorde a lo que ambos podían ofrecerse.  Los tiempos y las edades los tenían jaqueados, pero no derrotados. Cuando él terminaba sus recitales y los boliches cerraban sus puertas, aprovechaban para verse. Disfrutaban esos momentos, que eran cortos, que eran los pasos previos de las madrugadas porteñas. Caminaban juntos y de la mano, esquivando la humedad de las veredas angostas y los faroles asmáticos de la antigua ciudad. Más de una vez los vieron desayunando contra el vidrio de un bar a medio abrir. Ahí despedían el día que comenzaba. Era su ceremonia. Tal vez el momento donde el espejo les devolvía a los dos la misma imagen, la de la tranquilidad, ese festín que tanto necesitaban.

Cuando la chica le dijo a Hernán Oliva que su violín todavía temblaba, él acarició el estuche con la otra mano y comprobó que era cierto. Quién tiembla primero, la mano o el violín, o ambos al mismo tiempo. Esas son preguntas que Hernán Oliva nunca se hizo. Él solamente sintió la inquietud de su violín.  Fue por eso que esa noche, en la puerta del boliche, frente a la mirada fascinada de la chica, la sorpresa de su admirador, y la perplejidad del cajero que no entendía nada, Hernán Oliva se volvió a preguntar, con el violín al hombro, con el arco en sus dedos, con los ojos pegoteados de lágrimas, de recuerdos, de espejos veloces,  “Dónde estará mi nena esta noche”.

 

Por Christian Grecco

 

Discografía recomendada de Hernán Oliva (1913-1988): “El Paso del Tigre”, “Me vuelves loco”, “El violín del Jazz”, “Nieblas del Riachuelo”, “El mundo espera la salida del Sol” (que incluye el tema ¿Dónde estará mi nena esta noche?), todos editados por Discos Redondel.

Ultima modificacion el Martes, 31 de Mayo de 2011 17:50
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