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Viernes, 01 de Julio de 2011 17:47

El patio de tierra

por  Christian Grecco mail:christlatino@hotmail.com
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En alguna casa de Santiago del Estero, o en todas, la tierra del patio se levanta no en forma de remolinos, no en oleadas sinuosas parecidas al mar, tampoco de abajo hacia arriba. La tierra se levanta levantándose, pero el final se mantiene flotando, suave, y es tan constante su andar que nadie sabe cuándo es que ha comenzado a subir y cuándo es que ha decidido bajar. En alguna casa de Santiago del Estero, o en todas, la tierra del patio, sin que nadie lo advierta se levanta con el viento colorido de una armónica.

 

En un patio, viejo, con un árbol de espinillo, con otro ya seco de mistol, un hombre redondo como una luna atrapa con su brazo una damajuana de diez litros de vino negro, o tinto como le dicen muchos. No está solo, porque el vino no se toma solo, y menos cuando el vino está protegido en un envase tan grande. A su lado se ven otros hombres, algunos calvos, otros con la piel de los ojos dura como un desierto, como un verano que aún no ha llegado. Todos son músicos, pero les gusta reconocerse como viejos borrachos. Cuando alguien los llama músicos, ellos se ríen, y dicen, “somos simplemente borrachos, es lo que mejor hacemos: tomar vino. La música es una excusa para juntarnos alrededor de una damajuana, nada más”. Lo mismo dicen sus mujeres, que ya se han resignado a verlos morirse bajo las ramas rocosas del mistol y atravesados por la tierra del patio que sigue levantándose, aunque ellos no la vean, ni la sientan cuando se les incrusta en los ojos, en las bocas, entre las uñas de sus dedos.

El vino circula en vasos de vidrio con los culos manchados. Las manos de los hombres no son humanas. Son manos mitológicas. La tibieza del patio, la profundidad de la tarde, así como la cadencia de la tierra levantándose, hacen que las manos adquieran formas extrañas. Algunas veces las manos se transforman en un violín. Otras, en un bombo legüero, o en una guitarra. Muchas veces, las manos se transforman en manos. Pero la mutación más asombrosa se da cuando las manos del hombre redondo como una luna, se convierten en una armónica. Es ahí cuando la tierra del patio comienza a danzar. Es ahí cuando los patios de Santiago del Estero comienzan a volar.

Cuenta uno de los borrachos, también músico, casi siempre bombista, que una vez, se había acabado el vino en una de esas reuniones inacabables. El hombre cuyas manos se transformaban en armónica fue el primero en darse cuenta de ese problema vital. La cara de Hugo Diaz desconcertó a los demás. Todos lo rodearon con sus ojos negros y sus instrumentos colgándoles del cuerpo. “¿Qué hacemos”, dijeron realmente preocupados. Uno de ellos, que hablaba quechua sólo cuando estaba sobrio, acarició su guitarra y contestó, “esperemos que llegue el verano, y el vino florecerá”.

Fue entonces que la tierra del patio se inquietó, y lentamente comenzó a atrapar los cuerpos de los hombres. Hugo Diaz había comenzado a llamar al vino. Cuenta el mismo borracho, que tras la versión de Summertime que salió de su armónica, todos volvieron a refrescar sus gargantas.

Ultima modificacion el Viernes, 01 de Julio de 2011 17:50
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