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Miércoles, 04 de Abril de 2012 09:01

Diarios Clínicos: Roxana. Jueves 3 de diciembre de 2003

por  Ismael Vargas
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Recogí el correo de debajo de la puerta, abrí la cortina del consultorio, busqué termo y mate y lo preparé despacio mientras levantaba los mensajes del contestador. Hay mensaje de Roxana: “Ismael, hoy voy, al final ¿ocupaste la hora? Resulta que hay quilombo en el Naval y corrieron la operación… ¿me confirmás?”

No hay días tranquilos, por momentos falta alguien y me tiro un rato en la camilla ginecológica del consultorio de al lado y R confirma que hoy no hay siesta. Roxana no falta, hace dos años empezó y faltó un par de veces. Llegó en pleno 2001, me la derivó M, habían militado juntos en un barrio del sur del Gran Buenos Aires. Se hicieron amigos y él llegó a quererla lo suficiente como para recomendarle terapeuta: “Ismael es militante también, te va a escuchar  distinto”, dice que le dijo aunque yo creo que le dijo: “Ismael militó conmigo, lo conozco y además no te va a cobrar caro”. Según Roxana M le dijo: “No te va a interpretar Edipo por todo, el milita y tiene familiares desaparecidos, no se come el manual”. No sé, el asunto es que Roxana vino desesperada y sin un mango. Era una época difícil.
Mirando las notas que tomaba de este caso, quiero contarles algunos párrafos que escribía luego de que Roxana se iba a su Palermo natal.
Jueves 12 de julio de 2001:
Me dice que no tiene dinero para pagarme, que se fue de la casa de su viejo y anda sin laburo fijo por ahora. La tía tiene una remisería y la quiere para despachar los viajes. Le pregunto qué pasó con su padre, por qué se fue…largo silencio, no para de restregarse la manos, la cabeza baja…tuve que decirle que le había dejado el mate frente a ella…me dice llorando: “no sé cómo te lo vas a tomar a esto…” se detiene un instante…”qué” le digo…me dice que su padre había sido aviador naval, que ella no podía soportar más la sospecha cada día más confirmada de que su padre: JRV había hecho vuelos de la muerte, que había tirado gente al mar. ” ¿Sospecha o confirmación?“Alcance a balbucear …

Sentí que alguien me cambiaban el libreto; yo esperaba, en todo caso, a una hija de desaparecidos, una familiar, alguien con quien llevar adelante un tratamiento en el que mi propia historia pudiera componerse con la de la paciente… y casi le digo que se vaya a la  mierda con su pena de hija de milico genocida. Juro que se me retorció el alma y un filo helado me cruzó el estómago, como si una hilacha de mar helado me petrificara la sangre.
El muy pelotudo de M me derivó un imposible… ¿qué mierda hago? pensé, mientras trataba de recuperar el aliento.




Tarda en responder y me doy cuenta que el mate sigue ahí frente a ella y que lo usa como referencia. No se lo pido. “¿Le preguntaste?”, digo. “Sí”, me dice, “sí, sí, muchas veces; mis hermanos también. Ahora sí lo cuenta, de hecho lo cuenta demasiado. Pero hace unos años tuvimos que hacer terapia familiar. Mi hermano Pablo había tenido un brote psicótico a los 15 años. Ahora está empastado hasta las manos y no se brota más, pero en un momento.” “¿Cuándo fue el primer brote?, ¿En qué año?”, le pregunto. “Fue en el 89, me acuerdo porque estaban los saqueos y a mi viejo lo habían soltado…bah, soltado no, estaba prófugo en Paraguay y cuando asumió Menem, volvió porque le levantaron las causas que tenía. Sí, fue para ese año, porque ni bien volvió, nos llamaron de la escuela porque Pablo había destrozado todo el baño de la escuela y le había pegado a un preceptor.” “¿Vos te acordás qué le diagnosticaron?”, le pregunto. “Si, le dijeron a mi vieja…mejor dicho…le dijeron primero que era una esquizofrenia, pero después lo vio el terapeuta de ella y le dijo que era otra cosa…psicosis, si, psicosis le dijo…fue con él que hicimos terapia familiar…”
Quería llegar a esta parte:
Le pregunto: “¿Quiénes iban?”. Me dice, “mi vieja (Lidia), Pablito, Marcelo, yo y a veces iba mi viejo…no siempre iba porque según él Pablo era culpa (sic) de mi vieja.” “¿Culpa de tu vieja?” le digo. “Y sí, mi viejo siempre decía que Pablo no era hijo de él, que no se le parecía, que era hijo de otro…una mierda mi viejo porque Pablo lo quería a él…iba por lo de la terapia”. Me pide disculpas por el desvío, le digo que está bien así, que siga adelante. “El tipo era psicoanalista, un tipo conocido en zona sur, buen tipo. El trabajaba con mi vieja y con Pablito…un día cayó mi viejo, media hora después de todos nosotros y armó un quilombo bárbaro, lo encaró a Raúl y le dijo si sabía quién era él, que le iba a volar la cabeza si le metía la familia en contra. Una semana después algo cambió, porque mi viejo vino con todos nosotros, y Raúl le dio la bienvenida. No se volvió a hablar más de la dictadura.”
Me acuerdo que en ese momento pensé: no necesito más trabajo y menos este trabajo. ¿Escuchar y acompañar a la hija de un genocida? ¿Y qué mierda hago con las ganas de matarlo al tipo? Pensando así ¿le sirvo como terapeuta a Roxana?  
Una semana casi sin dormir, dándole vueltas a esas preguntas y sobre todo a una: ¿Yo quiero laburar con esta mujer? Deber, debería; poder, podría, pero… ¿quiero?
“Mirá…” le digo y le paso los pañuelos, “… no tenés que contarme todo hoy, vamos de a poquito, vamos a tener tiempo, así es que si querés paramos acá –yo quiero cerrar acá- y seguimos la semana que viene ¿sí?” Amago a levantarme con el termo y el mate en la mano y me dice: “mi vieja se terminó matando, se levantó una mañana, nos levantó para ir al colegio y se volvió a casa…bah, eso supusimos nosotros, en realidad encaró para las vías de Belgrano y se tiró debajo del tren y yo me siento una hija de puta porque no le puedo perdonar que nos haya dejado sólos con ese animal”. Ya me está pareciendo mucho, como para tres cuerpos, no puedo hacer más que pasarle los pañuelos. Sigue: “Nos costó mucho seguir la escuela, yo estaba en quinto año, Marcelo en tercero y Pablito iba a una escuela diferencial. Mi viejo seguía en casa y no sabíamos cómo hacer para que nos dejara en paz. Se trajo a vivir una mina que había sido federal, que hacía operativos con él”. “¿Cómo sabés?” le pregunto. “Me dijo él un día que yo lo encaré por el tema que quería traer a la mina para que nos haga de madre. Lo encaré y le dije que ni se le ocurriera y él muy animal me empezó a contar…”, se interrumpe, llora. “Es un asco el padre que tengo, me cuenta lo que hizo en la dictadura, en los operativos.” “¿Ahora te cuenta?” “Sí, sí, no doy más”, y llora. “No doy más”, Le alcanzo los pañuelos, casi se ha terminado el paquete y también la hora. “Mirá…” le digo, “… prefiero que hoy dejemos en este momento, me parece que podemos seguir en la que viene ¿si?”

Ultima modificacion el Martes, 17 de Abril de 2012 21:28
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