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Trabajos, escritos, ensayos... (28)

Casi una introducción.

Emilio Montilla

Quien lee un texto puede dejarse arrasar por una entidad de sensaciones, quizá percepciones. Puede empatizar con lo retórico por un roce ideológico, sustancial o experimental.

En ocasiones extremas puede también que la experiencia que transita al verse inmiscuido con lo narrado le ocasione nauseas, sin que el que escribe sea Sartre. Puede mirar una palabra y sentir solo que el sonido la embelesa  pero su significado la estanca, la mundaniza, la profana;  su materia significante la prostituye.

Es por eso que aquel que tiene la maña (no manía) de escribir necesita saber si alguno, al pispear lo devenido, pude detenerse en el tiempo y dar lugar a la eternidad (se agradece, Dostoievsky) .

Y  es por esto que necesitamos de sus palabras, de todos aquellos que al leernos imaginan en ese desecho de escritura  algún hecho, alguna historia, alguna nada, algún dolor estomacal o bajón de presión, algún sentir sonoro que melodie en nuestros ojos. Algún compartir con sus sensaciones.

Ezequiel Robbe

 

Escribimos porque no queda otra, porque nos hemos hartado de hablar y hablar. Dejar por escrito lo que nos parece, lo que se nos ocurre, lo que se nos cae de madura o simplemente eso que nos tortura. Por ejemplo: “Yo tenía una hija, una hija que era tuerta y de corazón muerto…” ¿Cómo te digo semejante cosa? Probablemente te vayas corriendo ni bien diga: “Yo tenía una hija…” Y sí ¿qué podrías imaginar ahí, al toque?

-Al pobre tipo se le murió la hija, mejor ni pregunto, mejor me rajo.

De este otro modo en cambio, te quedarías leyendo para ver si te cuento alguito más:”… y de corazón muerto. Sin embargo siempre supo sacar provecho de lo muerto y con varios pedazos muertos, se armó un autómata que pensaba por ella, hería por ella y agonizaba por ella. Su delegada favorita, su propia madre.”

En la escritura hay aire, hay encuentro y desencuentro casi absolutamente voluntario. Podés entrar para ver cómo está hecha esa: “…delegada favorita, su propia madre.” o bien salir expulsadx hacia otro texto –aquí hay surtido- para alivianar –bizcochuelar, diría mi tía- la existencia.

Están invitadxs a leer y escribir.

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Emilio Montilla

Miércoles, 04 de Abril de 2012 09:07

Diarios Clínicos: Hoy

por Ismael Vargas

Me llamo Ismael Vargas, soy psicólogo. Eso no dice mucho de mí y sí; no dice de mí más que un oficio, una actividad; por supuesto hago muchas más cosas. Por ejemplo: esgrima filipina, le dicen Kali, Arnís, tiene varios nombres y formas. También hago queso casero, el untable, nada que lleve más de dos días de elaboración. En general está saliendo algo ácido, pero con tiempo, mejoraré los tiempos de cultivo. Hago muchas cosas, pero hago bien muy pocas. Ya dije: el queso está saliendo ácido y aún no he matado a nadie con el Kali filipino. No pierdo la fé.


Miércoles, 04 de Abril de 2012 09:01

Diarios Clínicos: Roxana. Jueves 3 de diciembre de 2003

por Ismael Vargas

Recogí el correo de debajo de la puerta, abrí la cortina del consultorio, busqué termo y mate y lo preparé despacio mientras levantaba los mensajes del contestador. Hay mensaje de Roxana: “Ismael, hoy voy, al final ¿ocupaste la hora? Resulta que hay quilombo en el Naval y corrieron la operación… ¿me confirmás?”


Miércoles, 04 de Abril de 2012 08:57

Diarios Clínicos: Hoy

por Ismael Vargas

Me llamo Ismael Vargas, soy psicólogo. Eso no dice mucho de mí y sí; no dice de mí más que un oficio, una actividad; por supuesto hago muchas más cosas. Por ejemplo: esgrima filipina, le dicen Kali, Arnís, tiene varios nombres y formas. También hago queso casero, el untable, nada que lleve más de dos días de elaboración. En general está saliendo algo ácido, pero con tiempo, mejoraré los tiempos de cultivo. Hago muchas cosas, pero hago bien muy pocas. Ya dije: el queso está saliendo ácido y aún no he matado a nadie con el Kali filipino. No pierdo la fé.  
Algunas colegas –en este gremio la mayoría son mujeres- dicen que me ocupo de “casos difíciles” y ¿qué quieren decir con casos difíciles? Básicamente se refieren a trabajar con los y las derrotadas de la vida, algo así como lxs inviables del sistema, los brotadxs en invierno (casi todo el mundo se brota en primavera), lxs presxs llamados “comunes” como si los presxs políticos fueran de otro linaje o los comunes y sus penas no tuvieran nada que ver con las decisiones de los poderosos y los garcas de este país y el mundo. Me ocupo de generar encuentros terapéuticos con psicoanalistas apenados (presos de sus imposibles), actores y actrices en el límite de sus cuerpos, comprometidxs, abismados en sus propias valentías. Atiendo a muchas mujeres deshechas por sus madres, violentadas por sus propias familias, desterradas de la vida por sus parejas. Mujeres bajo lupas de agencias de seguridad de maridos banqueros. Mujeres con la valentía suficiente como para descarrilar un tren blindado. Mujeres tan prolíficas que se animan al cáncer y vuelven para contarlo. Algunas de ellas han matado. Sí, sí, algunas a su padres, también a sus maridos.
Hombres, también. Siempre tan perdidos, extraviados de la ternura, exiliados de sí mismos. Arropados en los brazos de la desmesura, al mismo tiempo que insertos en los pequeños poderes del dinero, el mando y el odio ordinario. Estamos así, lejos de entender que podemos mucho más que perecer jóvenes con las manos llenas de amores sin vivir.


Miércoles, 04 de Abril de 2012 08:57

Diarios Clínicos: Hoy

por Ismael Vargas

Me llamo Ismael Vargas, soy psicólogo. Eso no dice mucho de mí y sí; no dice de mí más que un oficio, una actividad; por supuesto hago muchas más cosas. Por ejemplo: esgrima filipina, le dicen Kali, Arnís, tiene varios nombres y formas. También hago queso casero, el untable, nada que lleve más de dos días de elaboración. En general está saliendo algo ácido, pero con tiempo, mejoraré los tiempos de cultivo. Hago muchas cosas, pero hago bien muy pocas. Ya dije: el queso está saliendo ácido y aún no he matado a nadie con el Kali filipino. No pierdo la fé.  
Algunas colegas –en este gremio la mayoría son mujeres- dicen que me ocupo de “casos difíciles” y ¿qué quieren decir con casos difíciles? Básicamente se refieren a trabajar con los y las derrotadas de la vida, algo así como lxs inviables del sistema, los brotadxs en invierno (casi todo el mundo se brota en primavera), lxs presxs llamados “comunes” como si los presxs políticos fueran de otro linaje o los comunes y sus penas no tuvieran nada que ver con las decisiones de los poderosos y los garcas de este país y el mundo. Me ocupo de generar encuentros terapéuticos con psicoanalistas apenados (presos de sus imposibles), actores y actrices en el límite de sus cuerpos, comprometidxs, abismados en sus propias valentías. Atiendo a muchas mujeres deshechas por sus madres, violentadas por sus propias familias, desterradas de la vida por sus parejas. Mujeres bajo lupas de agencias de seguridad de maridos banqueros. Mujeres con la valentía suficiente como para descarrilar un tren blindado. Mujeres tan prolíficas que se animan al cáncer y vuelven para contarlo. Algunas de ellas han matado. Sí, sí, algunas a su padres, también a sus maridos.
Hombres, también. Siempre tan perdidos, extraviados de la ternura, exiliados de sí mismos. Arropados en los brazos de la desmesura, al mismo tiempo que insertos en los pequeños poderes del dinero, el mando y el odio ordinario. Estamos así, lejos de entender que podemos mucho más que perecer jóvenes con las manos llenas de amores sin vivir.


Miércoles, 04 de Abril de 2012 08:12

Cesaria Evora, la mujer que camina (*)

por Christian Grecco

Sobre esa tierra amarilla, casi tostada, casi escondida de la tierra negra, oscura, rabiosa, camina una mujer. Su cuerpo es como el de mi abuela, ancho, bamboleante, imposible de ocultar. Sus ojos también. Son oscuros, y miran llorando. Son dos puntos negros, intensos, algunas veces ásperos, que nadan en dos mares blancos: uno de brújula precisa, el otro de rosa de los vientos incontrolables.
La mujer que camina y viene hacia mí sonríe. La tierra en la que apoya sus pies también. La tierra se llama, o la han bautizado, allá a lo lejos y algunos hombres que no fueron sus hijos, São Vicente.

Se trata de una isla que está perdida o encontrada, esto nunca se sabe, en una parte del océano Atlántico pegada al África. Se trata de una isla unida por volcanes a ese pedazo del mundo que gran parte de la humanidad blanca se empeña en olvidar, que niega por el puro miedo a reconocerse y encontrarse naciendo. El país que contiene la isla, que no es una sino que son varias más, se llama Cabo Verde. La mujer, Cesaria Evora.
La gente de su pueblo, entendida en cercanías, la llama Cize y ella ofrece la blancura de sus dientes felices cada vez que escucha ese nombre corto, sencillo, agasajador. Tiene motivos para sonreír. Le gusta que su gente la vea ir y mezclarse en ellos como lo ha hecho toda su vida. Cize, que no tuvo las cosas fáciles, que como muchos de su tierra sufrió las soledades paternales y los exilios, que entró y salió del círculo invisible del alcohol, que cantó y calló de golpe para volver a cantar, se ha hecho una mujer sabia. Aprendió a ser feliz con los bailes, con las lágrimas, con las palmas, con las voces y con los aplausos de los caboverdianos que se fueron acercando día a día a sus cantos de voz suave, entradora y maternal. Cize, que también es Cesaria, que también es Evora, pero que fundamentalmente es Cize, porque así la quiere su pueblo, es hoy la cantora de Cabo Verde porque no ha tenido nunca la infeliz ocurrencia de dejar de lado su pasado.
Se crió en un lugar donde las lluvias nunca fueron buenas y donde la tierra se puso amarilla de tanto luchar contra la sal del mar que la rodeaba. Vivió sus años de adolescencia sabiendo que una runfla de portugueses colonialistas dirigía con mano de hierro un trozo de territorio que no les correspondía. Conoció, algunos años más tarde, la revolución triunfante de su pueblo en armas contra el ocupante extranjero y guardó, entre los sueños de libertad e independencia, los poemas de Amilcar Cabral con el único objetivo de cantarlos en todos los bares del mundo. Como la mayoría de sus compatriotas, Cize fue y regresó a su isla varias veces aceptando la ironía de una tierra en la cual los alimentos y las riquezas se reparten con la misma inequidad con que se mueven las nubes en el cielo al momento de volverse agua. Cuando el cuerpo le comenzó a decir que ya había andado demasiado, que ya no se podía seguir yendo y viniendo como si la edad no importara, se instaló en Mindelo, su ciudad natal, y desde allí, rodeada de músicos, cantó sus mornas y sus coladeras en cuanto café encontrara abierto y tuviera vista al mar.
Esa mujer que viene hacía mí, con el cabello recogido, espeso, negro y pintado de blanco, se llama Cize y se parece a mi abuela. Está cansada, busca una silla, se recoge el vestido blanco con flores amarillas que le llega hasta los tobillos y cuando el mar está cerca, ella lo mira de la misma forma que sabía mirar mi abuela: con amor.
En ese mar, en esa tierra movediza que algunas veces une las islas, que otras las separa, que muchas veces seduce las costas del continente, está su vida. Ahí, alzándose en olas y alejándose en espuma, quebrándose en sal sobre las playas, tiritando en los muelles de piedra, sorprendiendo las barcas de los pescadores, está la voz de Cize. Los amores de esos hombres y mujeres que abandonan la tierra por obligación son el alma de sus canciones. Las nostalgias del exilio, del pago que se deja pero no se olvida, son el espíritu de sus mornas. Las desazones del clima, los paisajes de su isla, los vientos que no dejan lluvia, impregnan las cadencias de sus cantos. Las alegrías de los carnavales, de los encuentros en los cafés, de los bailes bajo el cielo pleno de estrellas salpicando la tierra amarilla alientan el aire movedizo de sus coladeiras.
Esa es Cize: una mujer que viene hacía mí sonriendo. Una mujer que sin haber hecho nunca el esfuerzo de ser reconocida, lo terminó siendo por lo que representó para su gente.
Es cosa de blancos y de letreros comerciales todo aquello de los pies descalzos, de las falsas divinidades. Ella lo sabe, lo sabemos nosotros que la vemos caminar, venir hacia nosotros, cantarnos con su voz de mujer simple, hermosamente humana, acariciadora como son las voces de las abuelas que nos han festejado, con comidas caseras y miradas de ternura, la vida. Su pueblo caboverdiano lo sabe mejor que nadie: nunca perdió el tiempo en averiguar si ella usaba o no zapatos. Solamente se dedicó a escucharla en vida y a llorarla cuando decidió no estar más en São Vicente ni en ninguna otra parte más.
Cize nos cantó todas esas vivencias que son comunes a la gente del tercer mundo. Por eso podemos bailar y llorar con ella. Por eso podemos sentarnos y verla venir hacia nosotros como si fuera una más. Por eso nunca le miramos los pies: porque preferimos la humildad de su sonrisa.

* Nuestra despedida a la querida Cesaria, que falleció el 17 de diciembre pasado.



Lunes, 15 de Agosto de 2011 11:55

INSTRUCCIONES SOBRE LA FORMA DE TENER MIEDO

por Irma Sambán mail:irmasban@ciudad.com.ar

Si usted desea llegar a sentir miedo, proceda de la siguiente manera.

Escuche todos los noticieros que pasan por televisión, más todos los comentarios sobre crímenes, asaltos, violaciones, que se cometen por día en su ciudad. Vuelva a verlos en los noticieros nocturnos de manera que al ir a dormir aún permanezcan en su retina las imágenes cruentas que acaba de ver. De esa manera no podrá conciliar el sueño, lo que lo predispondrá a actuar a la mañana siguiente en un estado de alerta constante y una ansiedad creciente.

Preste atención, si es que vive en una casa, a los bocinazos, frenadas, sirenas tanto de ambulancias, patrulleros, bomberos y piense en ése momento donde estarán sus hijos y su marido. Para ello observe el reloj y reconstruya mentalmente el trayecto de sus viajes.

No trate de llamarlos al celular porque eso demostraría una excesiva preocupación de su parte.

Escuche en la radio el estado del tránsito, qué autopistas están congestionadas, que avenidas han colapsado debido al intenso tráfico de vehículos, y luego siéntese a esperar. Para aliviar el temblor que le producirá el miedo, respire hondamente llevando el aire a su abdomen para relajarse.

Queda otra opción, sentarse frente al televisor, esperando que pasen las horas reforzando el temor con los flashes informativos de manera que ya su miedo llegará a un nivel que no le permitirá volver a salir ni a la puerta de su casa.


Viernes, 01 de Julio de 2011 17:47

El patio de tierra

por Christian Grecco mail:christlatino@hotmail.com

En alguna casa de Santiago del Estero, o en todas, la tierra del patio se levanta no en forma de remolinos, no en oleadas sinuosas parecidas al mar, tampoco de abajo hacia arriba. La tierra se levanta levantándose, pero el final se mantiene flotando, suave, y es tan constante su andar que nadie sabe cuándo es que ha comenzado a subir y cuándo es que ha decidido bajar. En alguna casa de Santiago del Estero, o en todas, la tierra del patio, sin que nadie lo advierta se levanta con el viento colorido de una armónica.


Martes, 31 de Mayo de 2011 17:44

Hernán Oliva: ¿Dónde estará mi nena esta noche?

por Christian Grecco mail:christlatino@hotmail.com

Dedicado a M. y M., que me confiaron algunos recuerdos.

eltangoysusinvitados.blogspot.comYa se iba. El saco le molestaba, lo sentía tirante en la espalda, como chico, casi a punto de deshilacharse, de abrirse en dos. Pasó por la caja del boliche, y le arrimaron unos pocos pesos, apenas unos mangos. Qué mierda hago con esto, pensó metiéndose los billetes en el bolsillo. No vino mucha gente hoy, don Hernán, se disculpó el cajero y le sirvió un vaso alto, cargado de vino. No llegamos ni a las veinte personas, continuó diciendo el cajero hasta que la tos vieja, seca, lo hizo callar. Los dos sabían la verdad, no hacía falta confirmarla todas las noches repitiendo la misma cantinela. El vino seguía rígido, sagrado, sobre el mostrador. Hernán Oliva lo apuró de un trago y comenzó a caminar. Alguien del público lo cruzó antes que llegara a la puerta, y le dijo sincero, cordial, Impresionante Maestro, y él respondió con un bufido áspero, queriendo huir de la noche, pensando en la cama, en el sueño, en la cara de su mujer viéndolo entrar, en sus llantos sin lágrimas por la poca plata que traía.  Caminó con la mirada en el piso, y antes de salir pensó, Voy a mear. El admirador lo vio cambiar de recorrido, y siguió el movimiento pendular de su mano cansada, custodiando el violín, comprimiendo la tirantez del cuerpo. Cuando salió del baño  una chica,  joven, No tiene más de dieciocho, pensó él apenas le habló, le dijo emocionada, señalando con los ojos el sarcófago que colgaba de su mano, Debe estar temblando todavía, por qué no lo deja tomar un poco de aire antes de encerrarlo ahí dentro. Y él, que nunca había sido un tipo paciente, que ya estaba dispuesto a irse, a decirle alguna macana, a pedirle una luca para llevar a la casa,  la miró con sequedad un rato, la aisló del mar de transpiración que arrasaba su cuerpo, y en sus ojos, apenas almendrados, algo suaves, encontró los rostros del espejo, la mirada desobediente de la arpista de la que se había enamorado en los últimos tramos de su vida.

 


Lunes, 23 de Mayo de 2011 13:10

cristos.

por Ezequiel Robbe mail: ezmr@hotmail.com

Un crucifijo se hace estaca en la escalera. La paredes contiguas derraman sangre y lloran su Cristo; el cielo contempla la rebelión de los creyentes, de los que escupen proverbios en cada cielo de agua, en cada noche con las vendas bien puestas y los tornillos en la sien; cada muerte es un espectro diáfano que muerde el pasado.

Una niña mira las aguas que acarician sus pies sosteniendo un cuadro en blanco, que a veces es espejo y el resto silencio. La niña saluda a su daga incrustada en el pecho, se limpia el derrame de injusticia que gotea hasta sus muñecas y limpia el metal. No quiere que la miren sucia, sus padres ya rezan cuentos sin su cruz. Algún viento bastará para olvidarlos, alguna marea los encontrará desamparados. Algún dolor se escuchará por lo bajo, casi en lo alto. Algún argumento se tragará las moscas.


Lunes, 23 de Mayo de 2011 12:48

Poesías

por Irma Sambán mail:irmasban@ciudad.com.ar

 

 

El viento parece que juega con los cascabeles de los árboles, hay rojos manzana, amarillos pera y morados ciruela. Se ha iniciado una danza en la hierba: hacia un lado, luego hacia el otro, un estremecimiento. Las mariposas arman una ronda sobre el maizal mientras los pájaros le arrojan sus notas para verlas bailar.

El suelo, con sus labios entreabiertos, espera el beso de la lluvia que tarda en llegar, las papas se deforman monstruosamente debajo de la tierra, sedientas la beberán.

Fresno Emilio

Hay lágrimas que nunca caen al suelo, una libélula pasa y las bebe, así de repente. Hay músicas que provocan cosquillas en los ojos, los humedecen y al derramar se esparcen como los pétalos de la rosa al sacudirla. Son momentos, en que nos regalan caricias del pasado, algunas suaves, otras rasguñan. Por eso, quizás, cuando nacían las violetas mi madre sollozaba, detenía todos los relojes para encender el de la música. Una grieta del pasado, en la que cayeron las palabras no dichas, los gestos no actuados, las miradas ciegas.

El conjuro de los aromas nacidos en sudorosas cocinas, donde se mezclan hierbas, almizcle, jengibre. Picantes, afrodisíacos sabores, manos hechiceras se hunden en el corazón de una fruta carnosa y juegan a hacer burbujas con el chocolate. Los sentidos se despiertan, los colores llaman al placer. Mientras, allí, en medio del plato, el pez parece una novia con su velo desplegado.

El viejo olmo hablaba con el viento, el molino al girar sus aspas hacía sonar sus huesos, el cielo azul permitía que lo mancharan atrevidos nubarrones negros. Las vacas trituraban la hierba pero después se quedaban inmóviles y un poco tristes como presintiendo el silencio que precede a la tormenta. Los pájaros, en vuelos acompasados, entretejían círculos en el aire. Las gotas escribían puntos en la tierra cambiando su color, el olor a lluvia chapoteaba en el lugar.

 


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