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Dedicado a M. y M., que me confiaron algunos recuerdos.

eltangoysusinvitados.blogspot.comYa se iba. El saco le molestaba, lo sentía tirante en la espalda, como chico, casi a punto de deshilacharse, de abrirse en dos. Pasó por la caja del boliche, y le arrimaron unos pocos pesos, apenas unos mangos. Qué mierda hago con esto, pensó metiéndose los billetes en el bolsillo. No vino mucha gente hoy, don Hernán, se disculpó el cajero y le sirvió un vaso alto, cargado de vino. No llegamos ni a las veinte personas, continuó diciendo el cajero hasta que la tos vieja, seca, lo hizo callar. Los dos sabían la verdad, no hacía falta confirmarla todas las noches repitiendo la misma cantinela. El vino seguía rígido, sagrado, sobre el mostrador. Hernán Oliva lo apuró de un trago y comenzó a caminar. Alguien del público lo cruzó antes que llegara a la puerta, y le dijo sincero, cordial, Impresionante Maestro, y él respondió con un bufido áspero, queriendo huir de la noche, pensando en la cama, en el sueño, en la cara de su mujer viéndolo entrar, en sus llantos sin lágrimas por la poca plata que traía.  Caminó con la mirada en el piso, y antes de salir pensó, Voy a mear. El admirador lo vio cambiar de recorrido, y siguió el movimiento pendular de su mano cansada, custodiando el violín, comprimiendo la tirantez del cuerpo. Cuando salió del baño  una chica,  joven, No tiene más de dieciocho, pensó él apenas le habló, le dijo emocionada, señalando con los ojos el sarcófago que colgaba de su mano, Debe estar temblando todavía, por qué no lo deja tomar un poco de aire antes de encerrarlo ahí dentro. Y él, que nunca había sido un tipo paciente, que ya estaba dispuesto a irse, a decirle alguna macana, a pedirle una luca para llevar a la casa,  la miró con sequedad un rato, la aisló del mar de transpiración que arrasaba su cuerpo, y en sus ojos, apenas almendrados, algo suaves, encontró los rostros del espejo, la mirada desobediente de la arpista de la que se había enamorado en los últimos tramos de su vida.

 

Lunes, 23 de Mayo de 2011 13:10

cristos.

Un crucifijo se hace estaca en la escalera. La paredes contiguas derraman sangre y lloran su Cristo; el cielo contempla la rebelión de los creyentes, de los que escupen proverbios en cada cielo de agua, en cada noche con las vendas bien puestas y los tornillos en la sien; cada muerte es un espectro diáfano que muerde el pasado.

Una niña mira las aguas que acarician sus pies sosteniendo un cuadro en blanco, que a veces es espejo y el resto silencio. La niña saluda a su daga incrustada en el pecho, se limpia el derrame de injusticia que gotea hasta sus muñecas y limpia el metal. No quiere que la miren sucia, sus padres ya rezan cuentos sin su cruz. Algún viento bastará para olvidarlos, alguna marea los encontrará desamparados. Algún dolor se escuchará por lo bajo, casi en lo alto. Algún argumento se tragará las moscas.

Lunes, 23 de Mayo de 2011 12:48

Poesías

 

 

El viento parece que juega con los cascabeles de los árboles, hay rojos manzana, amarillos pera y morados ciruela. Se ha iniciado una danza en la hierba: hacia un lado, luego hacia el otro, un estremecimiento. Las mariposas arman una ronda sobre el maizal mientras los pájaros le arrojan sus notas para verlas bailar.

El suelo, con sus labios entreabiertos, espera el beso de la lluvia que tarda en llegar, las papas se deforman monstruosamente debajo de la tierra, sedientas la beberán.

Fresno Emilio

Hay lágrimas que nunca caen al suelo, una libélula pasa y las bebe, así de repente. Hay músicas que provocan cosquillas en los ojos, los humedecen y al derramar se esparcen como los pétalos de la rosa al sacudirla. Son momentos, en que nos regalan caricias del pasado, algunas suaves, otras rasguñan. Por eso, quizás, cuando nacían las violetas mi madre sollozaba, detenía todos los relojes para encender el de la música. Una grieta del pasado, en la que cayeron las palabras no dichas, los gestos no actuados, las miradas ciegas.

El conjuro de los aromas nacidos en sudorosas cocinas, donde se mezclan hierbas, almizcle, jengibre. Picantes, afrodisíacos sabores, manos hechiceras se hunden en el corazón de una fruta carnosa y juegan a hacer burbujas con el chocolate. Los sentidos se despiertan, los colores llaman al placer. Mientras, allí, en medio del plato, el pez parece una novia con su velo desplegado.

El viejo olmo hablaba con el viento, el molino al girar sus aspas hacía sonar sus huesos, el cielo azul permitía que lo mancharan atrevidos nubarrones negros. Las vacas trituraban la hierba pero después se quedaban inmóviles y un poco tristes como presintiendo el silencio que precede a la tormenta. Los pájaros, en vuelos acompasados, entretejían círculos en el aire. Las gotas escribían puntos en la tierra cambiando su color, el olor a lluvia chapoteaba en el lugar.

 

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