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Un médico acababa de reconstruir casi a ciegas unas pocas imágenes de tres mujeres a las que había revisado en el Hospital Militar de Campo de Mayo. Estaba convencido de que las “supuestas guerrilleras”, como las llamó, entraban y salían como una estrella fugaz porque estaban ahí sólo para dar a luz. Si todo estaba en condiciones, tenían a sus hijos con parto natural, si no les forzaban por goteo las cesáreas. Poco después entró en la sala de audiencias una de las pocas sobrevivientes de los centros clandestinos que dieron a luz en Campo de Mayo y aún pueden contarlo. Las imágenes en blanco y negro borroneadas por el paso del tiempo entraron así en un acelerado proceso de definición: “Yo no había roto bolsa ni nada”, dijo Amalia Galeano. “No sé cuántas horas habrán pasado, era después del mediodía, porque mi hija nació a las cuatro de la tarde, yo no veía nada, estaba con la cabeza atada, y me pusieron en una camilla, me taparon toda, casi no podía respirar, me llevaban por escaleras con la camilla a pulso porque sentía los movimientos, me pusieron para el parto, se ve que había mucha gente y me decían ahora vas a empezar a gritar... Me provocaban... Vas a joderte, me decían, perdónenme la palabra.”

Publicado en Terrorismo de estado